Secuencia de trabajo y tratamiento del cliente
Ya sabes cómo se corrige una frase. Ahora toca ver cómo se corrige un encargo entero: desde que llega el original hasta que entregas el informe. Y en medio de ese proceso hay siempre alguien esperando saber qué le vas a decir sobre su texto —este capítulo es tanto del método como de esa persona.
La secuencia completa, de un vistazo
Un encargo de corrección de estilo tiene siempre las mismas fases, aunque el cliente sea una editorial de cincuenta empleados o un señor con un Word:
- Contacto y recepción del original.
- Evaluación previa: leer una muestra, medir, diagnosticar.
- Preguntas al cliente sobre receptor, propósito y expectativas.
- Propuesta: nivel de intervención, plazo, precio, alcance por escrito.
- Registro del material y preparación del archivo de trabajo.
- Corrección propiamente dicha.
- Entrega, con informe y comentarios.
- Revisión de dudas y cierre con el cliente.
Las fases 2, 3 y 4 son las que un corrector con prisa se salta, y las que determinan si el encargo va a ir bien. Todo lo que no se aclare ahí reaparece al final, cuando ya no hay margen.
Recepción y registro de materiales
Antes de leer nada, hay que dejar constancia de qué ha llegado exactamente. Suena burocrático hasta la primera vez que un cliente afirma haber enviado una versión que nunca envió.
Qué se registra de cada encargo:
- Fecha de recepción y vía (correo, plataforma, nube).
- Nombre exacto del archivo y formato, con su tamaño y su recuento de palabras y de caracteres con espacios. Ese recuento es la base del presupuesto y la prueba de que no se ha corregido un texto distinto del presupuestado.
- Versión. Numera tú los archivos con un criterio propio y estable:
titulo_v01_original.docx,titulo_v02_corregido_NM.docx. Nunca trabajes sobre el archivo que te mandaron sin conservar intacto el original. - Materiales adicionales: libro de estilo, glosario, guía terminológica, versiones anteriores, imágenes, notas del autor.
- Copia de seguridad en un segundo soporte, desde el primer día.
Un detalle que ahorra disgustos: si el original llega en un formato con el que no vas a trabajar (PDF, Google Docs, páginas escaneadas), la conversión es parte del encargo y hay que decir quién la hace, cuánto tarda y si se cobra. Un PDF maquetado convertido a Word llega con basura tipográfica que puede costar horas de limpieza antes de empezar a corregir. Cómo se limpia es asunto de la Unidad 6.
La evaluación previa del original
Nunca se presupuesta sin haber mirado el texto, y no vale mirarlo por encima. La evaluación previa consiste en leer con atención tres o cuatro fragmentos repartidos —el principio, algo del centro, algo del final— y contestar a cuatro preguntas:
- ¿En qué estado real llega? No todos los originales con el mismo número de palabras cuestan lo mismo. Un texto de un autor con oficio y un texto sin ninguna edición previa pueden llevar tres veces más trabajo el segundo, con la misma extensión.
- ¿Es homogéneo? Muchos originales largos están escritos a lo largo de años y cambian de tono, de tiempo verbal o de criterio a mitad. Si solo miras las veinte primeras páginas, presupuestas la mejor parte del libro.
- ¿Qué problemas dominan? ¿Ortotipografía, sintaxis, estructura, registro? Eso decide el nivel de intervención y, sobre todo, decide si lo que el cliente necesita es la corrección de estilo que ha pedido o algo distinto.
- ¿Está terminado? Un texto que el autor va a seguir tocando mientras tú lo corriges no es un encargo, es un problema.
De esa lectura sale una estimación de ritmo (cuántas palabras por hora puedes mantener con ese material) y, de ahí, plazo y precio. Con el tiempo tendrás datos propios; hasta entonces, mide siempre lo que tardas de verdad y compáralo con lo que estimaste.
En una líneaDos textos del mismo número de palabras no cuestan lo mismo, y el que no has mirado entero siempre cuesta más de lo que dijiste.
Las preguntas que hay que hacer antes de aceptar
En la Unidad 2 vimos que sin contexto no hay corrección de estilo, solo opinión. Estas son las preguntas que convierten aquel criterio en procedimiento. Conviene tenerlas en un cuestionario fijo y mandarlo siempre; el cliente que se molesta por contestarlas es información también.
Sobre el receptor:
- ¿Quién va a leer este texto? Edad, formación, familiaridad con el tema.
- ¿Qué sabe ya y qué hay que explicarle?
- ¿Va a leerlo en papel, en pantalla, en móvil?
- ¿Hay variedad geográfica de destino? (Un libro pensado para México y otro para España no se corrigen igual.)
Sobre el propósito:
- ¿Para qué existe este texto? Informar, vender, enseñar, emocionar, dejar memoria de algo.
- ¿Qué quiere que haga el lector después de leerlo?
- ¿Hay un modelo o una referencia que el autor tenga en la cabeza?
Sobre el encargo:
- ¿Qué servicio cree el cliente que está contratando? (Ojo aquí: la respuesta suele no coincidir con el nombre que le ha puesto.)
- ¿Hay libro de estilo, glosario o criterios obligatorios?
- ¿Quién valida los cambios y quién tiene la última palabra?
- ¿Qué plazo real hay, y de dónde sale ese plazo?
- ¿El texto va a pasar después por otras manos —maquetación, otra corrección— o eres el último eslabón?
Con esas respuestas ya se puede fijar el nivel de intervención, que es la decisión central de todo el encargo y que se desarrolla entera en la Unidad 5.
En una líneaLas preguntas que no hagas ahora te las contesta el cliente al final, y en forma de queja.
Lo que se pone por escrito antes de tocar el texto
El presupuesto no es solo un precio. Es el documento donde queda fijado el alcance, y por tanto donde se evita el malentendido más caro del oficio, que ya apuntaba la Unidad 1: que el autor crea que ha comprado una cosa y reciba otra.
Debe decir, con esas palabras:
- Qué servicio es y, explícitamente, qué no incluye. «Corrección de estilo y ortotipográfica; no incluye reescritura, ni informe de lectura, ni valoración de la trama.»
- Sobre qué material y qué versión, con el recuento de palabras.
- Nivel de intervención acordado.
- Cuántas rondas de revisión entran y qué se considera una ronda.
- Formato de entrega: control de cambios, comentarios, informe.
- Plazo, precio y forma de pago. Con autores particulares, un anticipo de una parte al confirmar es práctica normal y filtra encargos que nunca iban a cerrarse.
Y un apoyo que ahorra media conversación: el «Decálogo para encargar la corrección de un texto», de Pilar Comín Sebastián, publicado por UniCo (uniondecorrectores.org). Está escrito para el cliente, no para el corrector: explica qué hace un corrector, qué tipos de corrección existen, cómo se presupuesta un encargo y cómo se factura. Enviarlo junto con el presupuesto tiene una ventaja que no es menor: la explicación del alcance deja de depender solo de tu palabra, y el autor llega a la conversación sabiendo qué preguntas hacer.
Un caso ilustrativo: el autor que no quiere ser escritor
El siguiente perfil es un ejemplo inventado con fines didácticos, construido a partir de rasgos frecuentes en este tipo de encargos. No corresponde a ningún cliente real ni a ningún texto concreto.
Imagina a Juan, sesenta y ocho años, jubilado hace tres. Ha escrito trescientas páginas sobre su infancia en un pueblo, la emigración de su familia a la ciudad, su primer trabajo, la muerte de su padre. Las llama «mi novela», aunque casi todo es memoria personal. Quiere imprimir treinta ejemplares: uno para cada hijo, cada nieto, cada hermano que le queda. No aspira a vender, no busca reseñas, no le interesa la crítica. Ha estado dos años escribiéndolo por las tardes.
El texto que te llega tiene problemas reales: párrafos de dos páginas, saltos temporales sin marcar, puntuación irregular, repeticiones, algún capítulo que se va del tema y no vuelve. También tiene, entre todo eso, frases que no escribiría nadie con oficio literario y que son exactamente lo que hace que el libro valga para quien lo va a leer: el modo particular en que Juan nombra las cosas de su casa, giros del habla del pueblo, un ritmo torpe que suena a él.
Ahora la pregunta del oficio: ¿qué es hacer bien este trabajo?
Un corrector recién formado tiende a contestar «dejar el texto correcto», y con esa respuesta puede destrozar el encargo aun sin cometer un solo error normativo. Si devuelve trescientas páginas con la sintaxis nivelada, los giros locales sustituidos por sus equivalentes estándar y el ritmo alisado, habrá entregado un texto mejor escrito que nadie de la familia va a reconocer. Juan lo leerá y dirá que está muy bien, y no volverá a llamarte, y no sabrá explicar por qué.
La respuesta correcta empieza mucho antes de corregir: entender para qué existe este texto y para quién. El propósito de Juan no es literario, es conmemorativo. Su lector no es un desconocido en una librería, son treinta personas que saben quién era su padre. Con ese dato, las decisiones cambian: los saltos temporales sin marcar hay que resolverlos, porque confunden a cualquier lector; los párrafos interminables hay que partirlos, porque cansan; la puntuación hay que arreglarla, porque para eso te ha contratado. Pero el habla del pueblo se queda, la torpeza expresiva que suena a él se queda, y la frase que un manual llamaría redundante se queda si es la que dice lo que hay que decir.
Y hay una cosa más, que es la que separa a un profesional de un buen ejecutante: hay que decírselo. Juan no sabe que existe la posibilidad de que le corrijan de más. No sabe que puede pedir que se le respete algo. Explicárselo por adelantado —»voy a arreglar esto, esto y esto; no voy a tocar su manera de contar, y si en algún sitio dudo, se lo pregunto»— convierte una decisión técnica tuya en un acuerdo entre los dos.
El riesgo concreto que asoma aquí —intervenir de más, arreglar lo que no estaba roto— tiene nombre y se llama sobrecorrección. Es el núcleo de la Unidad 5, y volveremos a Juan allí para verlo en detalle.
Tratamiento de expectativas
Las expectativas se gestionan al principio o no se gestionan. Tres reglas prácticas:
Nombra el servicio y sus límites en el mismo mensaje. Cuando alguien escribe «quiero que me corrijas la novela», no está pidiendo lo que tú entiendes por corrección de estilo: está pidiendo que su libro quede bien. Esa frase incluye, en su cabeza, cosas que no vas a hacer. Explicitarlo no es ponerse la venda: es el servicio.
No prometas lo que no depende de ti. Un texto corregido no se vende más, no gana premios y no convence a una editorial. Si el cliente da a entender que espera eso, hay que decírselo con claridad y sin condescendencia, antes de cobrar.
Di lo que falta, aunque no lo hagas tú. Si el original necesita una edición de contenido, o una segunda lectura después de las correcciones del autor, o una maquetación decente, se dice. En la autopublicación el corrector es a menudo el único profesional que ese autor va a contratar, y su criterio sobre qué le falta al libro vale tanto como su trabajo sobre el texto. Se dice como información, no como venta cruzada.
Hay además obligaciones que el autor autopublicado suele desconocer por completo. En España, la Ley 23/2011 de Depósito Legal, modificada por la Ley 8/2022 (texto consolidado en el BOE), hace recaer en quien edita el deber de constituir el depósito legal de la obra; y en autopublicación quien edita es el propio autor, también cuando el libro sale por Amazon KDP. Ni tramitarlo es tu trabajo ni responde de ello el corrector, pero mencionarlo —y remitir al texto legal en lugar de improvisar el detalle— es justo el tipo de cosa que convierte una corrección en un servicio profesional.
Y cuando la expectativa es imposible, se rechaza el encargo. Un cliente que quiere corrección de estilo de cuatrocientas páginas para el viernes, por doscientos euros, y que además espera que le «mejores un poco la trama», no es un cliente al que haya que convencer: es un encargo que va a acabar mal para los dos.
Los comentarios: cómo se le habla al autor dentro del texto
Los comentarios son la parte del trabajo que el cliente lee palabra por palabra. Muchas veces son lo único de tu trabajo que lee de verdad, porque los cambios los acepta en bloque. Merecen tanto cuidado como la corrección.
Qué se comenta y qué no. No se comenta lo que es puramente normativo y evidente: eso va corregido y en paz. Se comenta lo que requiere una decisión del autor (una ambigüedad que solo él puede resolver), lo que es una propuesta y no una enmienda, y lo que responde a un criterio general aplicado en todo el texto, que se explica una sola vez y se remite al informe. Un manuscrito con seiscientos comentarios no se lee: se abandona.
Cómo se escriben. Cuatro reglas:
- Sobre el texto, nunca sobre la persona. «Esta frase admite dos lecturas», no «no se entiende lo que quieres decir».
- Con el motivo dentro. Un cambio explicado se acepta; un cambio impuesto se discute. «Cambio el orden para que el sujeto quede cerca del verbo y no haya que releer» enseña algo; «queda mejor así» no.
- Distinguiendo el registro del comentario: lo que es norma («la coma entre sujeto y verbo no es correcta»), lo que es criterio («unifico las comillas en angulares en todo el libro») y lo que es sugerencia («aquí propongo cortar la frase en dos; si prefieres el ritmo largo, se deja»). El autor tiene que saber cuál de las tres cosas está leyendo.
- Sin ironía y sin elogios de relleno. Ni «¿en serio?» ni «¡qué bonito este capítulo!» cada veinte páginas. El tono es el de un profesional que respeta lo que tiene delante, ni corrector de examen ni animador.
Y una advertencia sobre la devolución. Cuando el autor rechace cambios que tú sabes que eran correctos —y va a pasar—, se le explica una vez, con el argumento, y se acepta su decisión si insiste. El texto es suyo. Lo que sí hay que dejar por escrito, en el informe final, es qué recomendaciones no se aplicaron: no como reproche, sino porque tu criterio profesional tiene que quedar registrado.
En una líneaEl autor acepta tus cambios en bloque y lee tus comentarios uno a uno. Son la parte de tu trabajo que sí se lee entera.
Para seguir leyendo
Los mismos diez puntos de esta unidad, escritos para el otro lado de la mesa: para quien encarga la corrección. Leerlo desde ahí enseña qué espera que le contesten —cómo se presupuesta, cómo se factura, cuánto se tarda, cómo saber si un corrector es idóneo para su texto— y cubre justo lo que aquí se ve en las secciones 4 y 5. Vale además como respuesta ya redactada la próxima vez que un cliente pregunte por qué su presupuesto no es una cifra por página.
PDF · 28 páginas · acceso libreLeer (se abre en una pestaña nueva)Cierre de la unidad
La secuencia de trabajo existe para que ninguna de las decisiones importantes se tome tarde. Evaluar antes de presupuestar, preguntar antes de aceptar, poner el alcance por escrito antes de corregir y explicar los criterios antes de que el cliente los descubra por sorpresa: casi todos los encargos que salen mal estaban ya mal planteados antes de la primera coma.